Ya había pasado a la siguiente etapa. Antes, echaba de menos ser el que era. Estaba desilusionado de él mismo. Quería volver. Le extrañaba su desgano, su lentitud, su rechazo por lo que amaba. En ese entonces, ya había perdido un poco la fe, pero le quedaba lo suficiente como para aún creer que algo se podía hacer. Ese malestar era justamente lo que lo demostraba. Pero ahora estaba perdido.
Ahora lo que echaba de menos era, justamente, ese anhelo que hace unos meses restaba en él. Ahora ya no echaba de menos ser lo que era. Se sentía vacío, simple, material. Ya todo estaba tan lejos, tan atrás. Inalcanzable. Ya no podría recuperarlo jamás. O seguramente sí.
Pero no quería. Él, sí; su cuerpo, el encargado de parar sus pelos con una canción o el frío, de los mini-infartos que dan cuando, por una fracción de segundo crees haber dejado algo importante en casa, o cuando casi dejas caer un vaso con agua, él, no. De hecho, no mostraba ningún interés. Nada. Ni siquiera un rechazo.
Era estar.
Era un espacio, algo totalmente insustancial, virtual, dispuesto a ser ocupado por cualquier día, cualquier momento, pena, caminata, viento en las orejas, vaso de jugo con pajita o sin, sol, agradecimiento...; pero de paredes resbalosas, con roce nulo. Ya nada podría asirse. Con paredes neutras. Con paredes, y ya está. Con paredes.
Me gusta escribir, y ya está.
Me gusta hacer música, escucharla.
Me gusta el amor, me gusta compartir las vergüenzas con el mío, y me gusta saber que lo quiero hacer por siempre y que sé que será así.
Me gusta saber que aún tengo tiempo para quitarme el asco por lo que llegué a ser.
Me gusta saber que estoy escribiendo, escuchando, queriendo decir, decirme algo.
Es el asco. Seguro se pasará.
Todo lo que falta y todo lo que sobra. Todo lo que se nota por no estar donde debería. Eso es lo que NO es este blog, porque así es como las cosas se dan cuando uno no está seguro de nada. Y cuando tienes la imaginación atrofiada por quién sabe qué, y no se te ocurre nada para describir un (tu) blog y escribirlo en el cuadro dispuesto a esta función. ¡Hola!
sábado, 28 de enero de 2012
miércoles, 8 de junio de 2011
Que no suene.
Concentrarse en patear las manos hacia afuera del agua, aprovechando cada oportunidad de propulsión.
En estos quince minutos aprovecho para declarar que tengo total conciencia de que lo que alguna vez leí, hace no mucho en realidad, ya lo sabía. Y lo sé. Y lo sabré también después. Y que aún no he hecho nada al respecto. No eran exactamente las palabras, pero la idea es más o menos ésta:
Generalmente, cuando estás esperando las condiciones óptimas para hacer eso que tienes que hacer y has estado esquivando, la verdad es que no hay nada que esperar. No hay nada que te impida hacerlo, todo está perfecto como está.
Haz la hueá.
viernes, 29 de abril de 2011
212
- Llévame al supermercado, me siento demasiado pasada a llevar.
- No creo que sea necesario llegar a ese punto -objetó-, a estas alturas, tú deberías ser totalmente capaz de controlarte.
La señal luminosa de "parada solicitada" se encendió junto con el pitido de rigor, y se dispusieron a, por enésima vez, hacinarse contra la pared de la máquina para dejar pasar a un grupo de escolares hiperventiladas bastante poco conscientes del respeto por el espacio ajeno. Él dudó de haber empleado el tono adecuado; le pareció excederse un poco. Cuando pudieron volver a ponerse cómodos, entendido sea en el contexto del transporte público santiaguino, se produjo un silencio pesado que pedía ser roto por algún comentario no precisamente coherente con el molesto tema que acababan de dejar en suspensión. Ya ambos estaban hartos de concluir que nunca iban a encontrar una solución. Pero, como suele decirse, la esperanza es lo último que se pierde.
¿Era esta misma esperanza la que los desgastaba de esa manera?
Muy probablemente, lo era.
Era ella la que los llevaba a tener exactamente la misma conversación una y otra vez para llegar al mismo fin. Un fin que iba corrompiendo cada vez un poquito más lo que habían construido durante once meses. Cuando la distancia entre su destino y la micro determinó que era tiempo de tocar el timbre, la costumbre provocó que él hiciera el ademán de tomarle la mano para bajar, pero las tensiones del momento lo retuvieron en el último segundo. No llegó a enterarse si ella percibió el gesto, pero deseó que no lo hubiera hecho; sentía que el que ella diera cuenta de ese momento de flaqueza mermaría aun más su amor propio. Dirigió la mano a su bolsillo y tanteó vagamente el paquete con dos Mentitas que se había comprado en el quiosco que está justo al salir del metro, y recordó lo que tenía en el otro lado del pantalón. Eso que traía para ella.
Y ella no estaba dispuesta a transar. Por lo menos, no por ahora. Y él no le entregaría nada con los ánimos como lo estaban en ese momento.
Caminaron. Y llegaron.
- No creo que sea necesario llegar a ese punto -objetó-, a estas alturas, tú deberías ser totalmente capaz de controlarte.
La señal luminosa de "parada solicitada" se encendió junto con el pitido de rigor, y se dispusieron a, por enésima vez, hacinarse contra la pared de la máquina para dejar pasar a un grupo de escolares hiperventiladas bastante poco conscientes del respeto por el espacio ajeno. Él dudó de haber empleado el tono adecuado; le pareció excederse un poco. Cuando pudieron volver a ponerse cómodos, entendido sea en el contexto del transporte público santiaguino, se produjo un silencio pesado que pedía ser roto por algún comentario no precisamente coherente con el molesto tema que acababan de dejar en suspensión. Ya ambos estaban hartos de concluir que nunca iban a encontrar una solución. Pero, como suele decirse, la esperanza es lo último que se pierde.
¿Era esta misma esperanza la que los desgastaba de esa manera?
Muy probablemente, lo era.
Era ella la que los llevaba a tener exactamente la misma conversación una y otra vez para llegar al mismo fin. Un fin que iba corrompiendo cada vez un poquito más lo que habían construido durante once meses. Cuando la distancia entre su destino y la micro determinó que era tiempo de tocar el timbre, la costumbre provocó que él hiciera el ademán de tomarle la mano para bajar, pero las tensiones del momento lo retuvieron en el último segundo. No llegó a enterarse si ella percibió el gesto, pero deseó que no lo hubiera hecho; sentía que el que ella diera cuenta de ese momento de flaqueza mermaría aun más su amor propio. Dirigió la mano a su bolsillo y tanteó vagamente el paquete con dos Mentitas que se había comprado en el quiosco que está justo al salir del metro, y recordó lo que tenía en el otro lado del pantalón. Eso que traía para ella.
Y ella no estaba dispuesta a transar. Por lo menos, no por ahora. Y él no le entregaría nada con los ánimos como lo estaban en ese momento.
Caminaron. Y llegaron.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)