Todo lo que falta y todo lo que sobra. Todo lo que se nota por no estar donde debería. Eso es lo que NO es este blog, porque así es como las cosas se dan cuando uno no está seguro de nada. Y cuando tienes la imaginación atrofiada por quién sabe qué, y no se te ocurre nada para describir un (tu) blog y escribirlo en el cuadro dispuesto a esta función. ¡Hola!
domingo, 3 de abril de 2011
Olía a maquillaje.
Ese día de la semana le tocaba entrar más temprano de lo habitual. La media hora de desfase de su partida en relación al resto de los días generaba un cambio más o menos notable en la cantidad de gente que llenaba los espacios del metro, por lo que encontrar un asiento no era, en la situación, un hecho de relevancia mayor. Después de haber ya recorrido el rutinario rumbo matutino desde su casa hasta el andén, entonces, vio acercarse desde lo negro la pequeña luz, junto con el característico tronar de los rieles bajo la máquina. Las puertas se abrieron. Luego de dejar descender antes de subir, como nos aconsejan desde siempre, cruzó la línea amarilla para ingresar al metro junto con unas siete personas que habían decidido que ésa era la puerta que debían utilizar aquel día. Se sentó en un asiento que quedaba de cara a una de las ventanas del vagón, por lo que su reflejo le devolvió la mirada desde el no exactamente regular material, de colores sombríos, tenues, con aspecto aletargado. Fue en ese momento en el que se dio cuenta de lo no maquillada que se veía. Lo curioso fue que, al fijarse en los tonos que entregaba su cara totalmente excenta de cualquier tipo de maquillaje, utilizó inconscientemente el participio "maquillada" para referirse al aspecto deslavado de su rostro. La razón de este singular acontecimiento se encontraba a dos asientos hacia la derecha de ella, con un lápiz de ojos en una mano y un espejo en la otra. Se sentía en el aire.
martes, 29 de marzo de 2011
Cuatro días. Es hoy.
Hay miles de categorías, de todo. Hay miles de tipos de frutas, de electrodomésticos, de botellas, de marcos para fotos, de música, de cuadernos, de cafés, de momentos, de secretos. Yo tengo secretos guardados. Todos debemos tener secretos y conservarlos. Los secretos de clasifican por su relevancia, la cantidad de gente que implican, la humillación que causarían al ser descubiertos, el tormento que provocan por existir, etc.
Pero ése no es el tema.
La historia es la siguiente.
Cuando llegamos, todo estaba cubierto. El efecto que causaba era más bien de una paradójica incertidumbre. Todos sabíamos que no había nada que temer; de hecho, todos estábamos ya enterados de que estaría así, tapado, separando el mundo de nuestros sentidos con finas telas, pero la mente humana tiene caminos difíciles, a veces imposibles de predecir.
La seguridad es un tema que nos limita o nos libera.
Recibimos la señal. Un gesto que quería decir "no hay moros en la costa". La reacción fue inmediata, colectiva. Todo se dilató, casi como agua que hace caso omiso de la tensión superficial. Y que corre, corre. Pero no éramos nosotros. La señal no era para nosotros. Nos limitamos a contemplar el espectáculo. ¿Por qué no hacíamos nada, dices? Porque ni siquiera alcanzábamos a sentirla con los pies, y eso que no todos teníamos los zapatos puestos. Y porque supongo que estábamos resignados, y que en nuestras ideas preconcebidas sí tenía cabida la aceptación de que no iba a resultar. En realidad nunca estuvimos realmente aferrados a la idea, por lo que, es patético aceptar, dejarlo ir no fue una tarea difícil. Nunca, como a lo que estábamos habituados. Ahí ya había alguien. ¿Y qué podíamos hacer? Era bien sabido que acá, el que pestañea, pierde. El gran problema, lo que da el contraste de manera grandiosa entre este caso específico y otros más bien mundanos es la magnitud de lo que perdemos. Hubo una relajación, pero no era la nuestra. Lo que sí era nuestro era un exasperante nihilismo, rayando en el masoquismo, ambos construyendo una gruesa pared delante de nuestros ojos dejando todo lo que amábamos en el lado opuesto.
Quizás la señal era mentira, o era falsa.
Ahora ya estamos en otro contexto. Desde cualquier ángulo que quiera tomarse la situación, del análisis de la misma va a obtenerse un resultado de categórica modificación de planos. El tedio matutino aún no lo es, en estricto rigor, ya que la rutina no ha mermado el sentido de las cosas por el momento. ¿Cuál es una de las COLOSALES diferencias? Es exactamente eso, que supuestamente nada debería volverse un aburrimiento extremo creador de personas soportando cosas que no les interesan. Y que no hay nadie aquí. En lo pragmático obvio que sí, pero de todas maneras, no hay nadie. Estoy junto a un juego cromático y de dudosa funcionalidad. Pero es bonito. (¿El de Les Luthiers?, de hecho, ¡sí! El que estaba muerto, según lo que yo tenía entendido.)
¿Que coma? ¿Que coma qué, si se diese la instancia para delimitar conceptos? Un can que padece una anormalidad dañosa que haya alcanzado un cierto grado de irreversibilidad, ¿de dónde? ¿De los brazos, las piernas, el esternón, que no me escushen? Y, ¿a qué vendría la acotación con intenciones más bien apelativas? Y el dicterio, ¿por qué? Es un mal enfoque de las maneras de alcanzar los objetivos iniciales. Y bastante contraproducente, si me voy a la subjetividad que flexibiliza la historia. No hay nadie. Nadie. Sí, alguien. Pero aún no está ahí por completo.
Y no modifica nada.
sábado, 22 de enero de 2011
Entrada NTN.
Creo que mi blog tiene otra zona horaria o en su defecto un taldo en el momento de publicar la entry. Em, en realidad tengo ganas de escribir, pero NO SÉ DE QUÉ HACERLO. Mi mamá dijo alguna vez que en nuestros periodos más felices, la Bego y yo dejamos de escribir, pero el punto es que ahora estoy increíblemente feliz. Onda, muuuuuuuuy contenta. Al punto de tener cara de droga permanente. Y me encanta estar así. Y eso tira por lo suelos, aplasta e incluso llega a taclear con sumisión la teoría de mi mamá.
He estado realizando mis primeras incursiones dentro de la capital, acompañada de mi gran* sentido de la orientación. El primer día me perdí dos veces. La primera vez pude enmendar el error sin la ayuda de nadie, sólo de la hoja del googlemaps que me imprimí y donde mi hermana marcó Beauchef, la FEN, la Torre Quince y mi facultad, después de realizar numerosas rotaciones de la lámina de celulosa impresa con las calles del centro de Santiago hasta ponerla en la posición que me permitiría llegar. Tarde. Pero llegar. La segunda hube de necesitar la ayuda de mis pares, sea prima-con-el-mismo-problema-que-yo y que por lo tanto utiliza un lenguaje mucho más entendible para la estructura mental de una persona capaz de perderse en una ciudad con las calles numeradas, que mi hermana mayor, que me da indicaciones del estilo "camina hacia el sur", considerando la cantidad de edificios que me impiden ver el sol, o "baja por la calle equis". Sin comentarios.
Llevo seis días aquí, con las horas de sueño en la máxima distorsión que han alcanzado durante mi existencia y chancheando todas las noches, sin tener que cumplir con nada excepto un par de reuniones con los de mi carrera y las necesidades básicas. Y no morir de calor. Me estoy dando cuenta de cada vez más cosas que mueven mi vida. No es que esté viviendo un proceso en el que vaya adquiriendo más cosas, sino que ahora me estoy percatando mucho más concienzudamente de lo que ya está ahí desde hace tiempo, y me gusta. Quizás se llame madurar.
Tomé más conciencia de lo inculta que soy, encontré un círculo genial, discutí cosas interesantes hasta que mi materia gris se cansó de maquinar argumentos después de haber presenciado la inexplicable pérdida de una olla (que por cierto era la única que había en esa casa. De la situación, surgen dos preguntas dentro de mi cráneo; la de rigor en este caso: ¿dónde está la olla?, y la siguiente y última por el momento: ¿cómo cresta se te puede perder una olla?), tomé una posible sobredosis de helado, subí a la piscina en horas random y sospecho que he caminado el doble de las distancias que realmente recorro a fuerza de esquivar las tapas de la calle. Y he escrito cosas que lo más seguro es que a nadie le importen.
Y me di cuenta de que hice la elección PER-FEC-TA, y que por a, be o ce, estuve a punto de no hacerla.
Y en Chile, escribir bien, sin faltas de ortografía, es ser maniático.
Ahora vamos a empezar desde cero. Es una oportunidad tan escasa en la vida que hay que tomarla sí o sí (o tal vez sí). Si sopesamos la situación, el panorama es tan sublime que es difícil creerlo.
Acá en Santiago, eliminas un gran porcentaje de tus recursos hídricos corporales por medio del fenómeno de la sopa, más formalmente llamado el de la transpiración. Las distancias se estiran y el tiempo disminuye.
Tengo que tomar mis cosas e irme.
*: Sarcasmo.
He estado realizando mis primeras incursiones dentro de la capital, acompañada de mi gran* sentido de la orientación. El primer día me perdí dos veces. La primera vez pude enmendar el error sin la ayuda de nadie, sólo de la hoja del googlemaps que me imprimí y donde mi hermana marcó Beauchef, la FEN, la Torre Quince y mi facultad, después de realizar numerosas rotaciones de la lámina de celulosa impresa con las calles del centro de Santiago hasta ponerla en la posición que me permitiría llegar. Tarde. Pero llegar. La segunda hube de necesitar la ayuda de mis pares, sea prima-con-el-mismo-problema-que-yo y que por lo tanto utiliza un lenguaje mucho más entendible para la estructura mental de una persona capaz de perderse en una ciudad con las calles numeradas, que mi hermana mayor, que me da indicaciones del estilo "camina hacia el sur", considerando la cantidad de edificios que me impiden ver el sol, o "baja por la calle equis". Sin comentarios.
Llevo seis días aquí, con las horas de sueño en la máxima distorsión que han alcanzado durante mi existencia y chancheando todas las noches, sin tener que cumplir con nada excepto un par de reuniones con los de mi carrera y las necesidades básicas. Y no morir de calor. Me estoy dando cuenta de cada vez más cosas que mueven mi vida. No es que esté viviendo un proceso en el que vaya adquiriendo más cosas, sino que ahora me estoy percatando mucho más concienzudamente de lo que ya está ahí desde hace tiempo, y me gusta. Quizás se llame madurar.
Tomé más conciencia de lo inculta que soy, encontré un círculo genial, discutí cosas interesantes hasta que mi materia gris se cansó de maquinar argumentos después de haber presenciado la inexplicable pérdida de una olla (que por cierto era la única que había en esa casa. De la situación, surgen dos preguntas dentro de mi cráneo; la de rigor en este caso: ¿dónde está la olla?, y la siguiente y última por el momento: ¿cómo cresta se te puede perder una olla?), tomé una posible sobredosis de helado, subí a la piscina en horas random y sospecho que he caminado el doble de las distancias que realmente recorro a fuerza de esquivar las tapas de la calle. Y he escrito cosas que lo más seguro es que a nadie le importen.
Y me di cuenta de que hice la elección PER-FEC-TA, y que por a, be o ce, estuve a punto de no hacerla.
Y en Chile, escribir bien, sin faltas de ortografía, es ser maniático.
Ahora vamos a empezar desde cero. Es una oportunidad tan escasa en la vida que hay que tomarla sí o sí (o tal vez sí). Si sopesamos la situación, el panorama es tan sublime que es difícil creerlo.
Acá en Santiago, eliminas un gran porcentaje de tus recursos hídricos corporales por medio del fenómeno de la sopa, más formalmente llamado el de la transpiración. Las distancias se estiran y el tiempo disminuye.
Tengo que tomar mis cosas e irme.
*: Sarcasmo.
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