Curioso, ésta la empecé a escribir el siete de agosto del dos mil once. Tema viejo, pasado de moda, pero, quieran o no, a punto de volver a despertar.
Em, sí, he sido una hueona sin vida durante dos días.
Lo anterior se refleja en la hora a la que empiezo a escribir esta entrada. Son, según la hora de mi pecé, las cinco de la mañana con cuarenta y cuatro minutos.
He pensado en hartas cosas que me gustaría decir, y acepto que he estado bastante, demasiado monotemática últimamente, pero es algo que no me molesta. Porque por lo que he visto en CNN, diarios varios y 24h, todos lo estamos.
Educación. ¿Cómo? Gratuita, pública, de calidad, integral.
¿Qué pasa con la gente de este gobierno?
Lo he pensado y repensado, y siento que el gran problema por el que Chile pasa comienza desde una base bien obvia; una grave, grave crisis de representatividad. El tema de que la educación sea un bien de consumo o no es, en sí mismo, trivial; es una cuestión de opiniones, y las opiniones, por más descabelladas que sean consideradas por diferentes grupos, son legítimamente respetables. Y deben ser respetadas. Pero, ¿cuándo lo anterior comienza a ser un problema? Cuando las opiniones tienen que trascender y traducirse en una decisión, y sobretodo en una que concierne a una masa gigante de personas. En ese caso, deber ser, lógicamente, la opinión preponderante la que llega a ser concretada, por ejemplo, en una ley. ¿Por qué, entonces, se nos está tornando tan difícil llegar a un acuerdo en la situación actual? Porque es una minoría la que está al mando. Y ésto es evidente tanto para esta minoría como para el resto del país. Esta dificultad agota. Desgasta. Y es absolutamente innecesaria.
Chile sabe que las cosas están mal. Vi escrito en alguna parte que Chile no merece la juventud que tiene, y no sé, me hizo pensar. Y creo que hay algo de cierto. He escuchado un sinnúmero de comentarios referentes a los "comunachos flojos", "hueones giles que van a perder el año", "títeres del PC", etc., pero al profundizar un poco en la conversación con estos amables emisores, he visto entre líneas algo que me enorgullece ene; que en realidad creen que somos los "hueones que van a perder el año" de partida porque creen que no vamos a lograr nada concreto, y si no, por el hecho de que si es que llegamos a generar realmente un cambio, ni siquiera lo vamos a vivir nosotros mismos, y que estamos sacrificándonos por cosas que no nos van a tocar.
Todo lo que falta y todo lo que sobra. Todo lo que se nota por no estar donde debería. Eso es lo que NO es este blog, porque así es como las cosas se dan cuando uno no está seguro de nada. Y cuando tienes la imaginación atrofiada por quién sabe qué, y no se te ocurre nada para describir un (tu) blog y escribirlo en el cuadro dispuesto a esta función. ¡Hola!
sábado, 28 de enero de 2012
Hemos estado en tantas iglesias, pero nunca creemos. Cocoon.
Listo.
Muerta de frío, después de hacer algo. Tiritaaaaaaaaaaaaando. ¿Y qué?
Muerta de frío, después de hacer algo. Tiritaaaaaaaaaaaaando. ¿Y qué?
Toma.
Me gustan los estudiantes. Y me gustan porque me hacen creer cotidianas cosas que sólo lo son ahí, donde pululan y yo suelo localizarme. Me gustan todos los estudiantes. Me gustan mucho los estudiantes de los que me rodeo cada día. Me gustan mis gnomos, y mis hadas. Me gustan. Me gusta el mundo en el que me hacen vivir. Me gusta ordenar alfabéticamente carnés, por apellido. Me gusta el café con un poquito de esencia de vainilla.
Los estudiantes somos casi una subraza. Todos los seres humanos y humanoides que no cumplen con los criterios básicos para pertenecer a ésta (excepto algunas excepciones) han pasado o pasarán por esta agraciada y maja etapa. Me gustan los estudiantes. Somos chistosos.
Los estudiantes somos casi una subraza. Todos los seres humanos y humanoides que no cumplen con los criterios básicos para pertenecer a ésta (excepto algunas excepciones) han pasado o pasarán por esta agraciada y maja etapa. Me gustan los estudiantes. Somos chistosos.
Ahí. Del trece de julio del dos mil once.
Diversas razones hacen que este minuto sea propicio para comenzar una nueva entrada.
Y bueno, de hecho ahora no lo es. La frase anterior la escribí hace casi tres horas. Ahora son las tres de la mañana, no sé cómo se me hizo tan tarde.
Hace rato tenía un verdadero dilema existencial; acababa de lavarme el pelo y tenía la toalla puesta en la cabeza, la cual es muy pesada porque es gigante. Sospecho que como manta cubre bastantes las expectativas. Bueno, la cosa es que mi gran disyuntiva correspondía a si dejaba la toalla en mi cabeza o no, porque si no lo hacía, tendría que sentir el olor del shampoo, que NO ME AGRADA. Muy biodegradable será pero huele (tengo sueño) mal. Además es de coco, y me parece difícil pensar en algo menos parecido al coco que esa sustancia jabonosa a la que nos referimos. Entonces, ¿qué debía hacer? ¿Soportar el olor no-cocoso del shampoo, además de enfriar mi cabeza húmeda o soportar el peso de la toalla con aspiraciones de manta? Lo anterior era de una importancia tal que la verdad es que no me acuerdo de qué cresta decidí al final. Pero lo que sé, es que ahora muero de sueño, en unas horas debo tramitar un hemograma y luego una marcha que promete ampliamente, y mi espalda reclama la posición horizontal con la que los mortales entramos mundo de los terrile sueños.
No lavo el pote del almuerzo desde el... ¿viernes? Admito que me provoca cierto temor abrirlo.
Curioso, esta publicación comencé a escribirla el trece de julio del dos mil once.
Y bueno, de hecho ahora no lo es. La frase anterior la escribí hace casi tres horas. Ahora son las tres de la mañana, no sé cómo se me hizo tan tarde.
Hace rato tenía un verdadero dilema existencial; acababa de lavarme el pelo y tenía la toalla puesta en la cabeza, la cual es muy pesada porque es gigante. Sospecho que como manta cubre bastantes las expectativas. Bueno, la cosa es que mi gran disyuntiva correspondía a si dejaba la toalla en mi cabeza o no, porque si no lo hacía, tendría que sentir el olor del shampoo, que NO ME AGRADA. Muy biodegradable será pero huele (tengo sueño) mal. Además es de coco, y me parece difícil pensar en algo menos parecido al coco que esa sustancia jabonosa a la que nos referimos. Entonces, ¿qué debía hacer? ¿Soportar el olor no-cocoso del shampoo, además de enfriar mi cabeza húmeda o soportar el peso de la toalla con aspiraciones de manta? Lo anterior era de una importancia tal que la verdad es que no me acuerdo de qué cresta decidí al final. Pero lo que sé, es que ahora muero de sueño, en unas horas debo tramitar un hemograma y luego una marcha que promete ampliamente, y mi espalda reclama la posición horizontal con la que los mortales entramos mundo de los terrile sueños.
No lavo el pote del almuerzo desde el... ¿viernes? Admito que me provoca cierto temor abrirlo.
Curioso, esta publicación comencé a escribirla el trece de julio del dos mil once.
Echaba de menos.
Ya había pasado a la siguiente etapa. Antes, echaba de menos ser el que era. Estaba desilusionado de él mismo. Quería volver. Le extrañaba su desgano, su lentitud, su rechazo por lo que amaba. En ese entonces, ya había perdido un poco la fe, pero le quedaba lo suficiente como para aún creer que algo se podía hacer. Ese malestar era justamente lo que lo demostraba. Pero ahora estaba perdido.
Ahora lo que echaba de menos era, justamente, ese anhelo que hace unos meses restaba en él. Ahora ya no echaba de menos ser lo que era. Se sentía vacío, simple, material. Ya todo estaba tan lejos, tan atrás. Inalcanzable. Ya no podría recuperarlo jamás. O seguramente sí.
Pero no quería. Él, sí; su cuerpo, el encargado de parar sus pelos con una canción o el frío, de los mini-infartos que dan cuando, por una fracción de segundo crees haber dejado algo importante en casa, o cuando casi dejas caer un vaso con agua, él, no. De hecho, no mostraba ningún interés. Nada. Ni siquiera un rechazo.
Era estar.
Era un espacio, algo totalmente insustancial, virtual, dispuesto a ser ocupado por cualquier día, cualquier momento, pena, caminata, viento en las orejas, vaso de jugo con pajita o sin, sol, agradecimiento...; pero de paredes resbalosas, con roce nulo. Ya nada podría asirse. Con paredes neutras. Con paredes, y ya está. Con paredes.
Me gusta escribir, y ya está.
Me gusta hacer música, escucharla.
Me gusta el amor, me gusta compartir las vergüenzas con el mío, y me gusta saber que lo quiero hacer por siempre y que sé que será así.
Me gusta saber que aún tengo tiempo para quitarme el asco por lo que llegué a ser.
Me gusta saber que estoy escribiendo, escuchando, queriendo decir, decirme algo.
Es el asco. Seguro se pasará.
Ahora lo que echaba de menos era, justamente, ese anhelo que hace unos meses restaba en él. Ahora ya no echaba de menos ser lo que era. Se sentía vacío, simple, material. Ya todo estaba tan lejos, tan atrás. Inalcanzable. Ya no podría recuperarlo jamás. O seguramente sí.
Pero no quería. Él, sí; su cuerpo, el encargado de parar sus pelos con una canción o el frío, de los mini-infartos que dan cuando, por una fracción de segundo crees haber dejado algo importante en casa, o cuando casi dejas caer un vaso con agua, él, no. De hecho, no mostraba ningún interés. Nada. Ni siquiera un rechazo.
Era estar.
Era un espacio, algo totalmente insustancial, virtual, dispuesto a ser ocupado por cualquier día, cualquier momento, pena, caminata, viento en las orejas, vaso de jugo con pajita o sin, sol, agradecimiento...; pero de paredes resbalosas, con roce nulo. Ya nada podría asirse. Con paredes neutras. Con paredes, y ya está. Con paredes.
Me gusta escribir, y ya está.
Me gusta hacer música, escucharla.
Me gusta el amor, me gusta compartir las vergüenzas con el mío, y me gusta saber que lo quiero hacer por siempre y que sé que será así.
Me gusta saber que aún tengo tiempo para quitarme el asco por lo que llegué a ser.
Me gusta saber que estoy escribiendo, escuchando, queriendo decir, decirme algo.
Es el asco. Seguro se pasará.
miércoles, 8 de junio de 2011
Que no suene.
Concentrarse en patear las manos hacia afuera del agua, aprovechando cada oportunidad de propulsión.
En estos quince minutos aprovecho para declarar que tengo total conciencia de que lo que alguna vez leí, hace no mucho en realidad, ya lo sabía. Y lo sé. Y lo sabré también después. Y que aún no he hecho nada al respecto. No eran exactamente las palabras, pero la idea es más o menos ésta:
Generalmente, cuando estás esperando las condiciones óptimas para hacer eso que tienes que hacer y has estado esquivando, la verdad es que no hay nada que esperar. No hay nada que te impida hacerlo, todo está perfecto como está.
Haz la hueá.
viernes, 29 de abril de 2011
212
- Llévame al supermercado, me siento demasiado pasada a llevar.
- No creo que sea necesario llegar a ese punto -objetó-, a estas alturas, tú deberías ser totalmente capaz de controlarte.
La señal luminosa de "parada solicitada" se encendió junto con el pitido de rigor, y se dispusieron a, por enésima vez, hacinarse contra la pared de la máquina para dejar pasar a un grupo de escolares hiperventiladas bastante poco conscientes del respeto por el espacio ajeno. Él dudó de haber empleado el tono adecuado; le pareció excederse un poco. Cuando pudieron volver a ponerse cómodos, entendido sea en el contexto del transporte público santiaguino, se produjo un silencio pesado que pedía ser roto por algún comentario no precisamente coherente con el molesto tema que acababan de dejar en suspensión. Ya ambos estaban hartos de concluir que nunca iban a encontrar una solución. Pero, como suele decirse, la esperanza es lo último que se pierde.
¿Era esta misma esperanza la que los desgastaba de esa manera?
Muy probablemente, lo era.
Era ella la que los llevaba a tener exactamente la misma conversación una y otra vez para llegar al mismo fin. Un fin que iba corrompiendo cada vez un poquito más lo que habían construido durante once meses. Cuando la distancia entre su destino y la micro determinó que era tiempo de tocar el timbre, la costumbre provocó que él hiciera el ademán de tomarle la mano para bajar, pero las tensiones del momento lo retuvieron en el último segundo. No llegó a enterarse si ella percibió el gesto, pero deseó que no lo hubiera hecho; sentía que el que ella diera cuenta de ese momento de flaqueza mermaría aun más su amor propio. Dirigió la mano a su bolsillo y tanteó vagamente el paquete con dos Mentitas que se había comprado en el quiosco que está justo al salir del metro, y recordó lo que tenía en el otro lado del pantalón. Eso que traía para ella.
Y ella no estaba dispuesta a transar. Por lo menos, no por ahora. Y él no le entregaría nada con los ánimos como lo estaban en ese momento.
Caminaron. Y llegaron.
- No creo que sea necesario llegar a ese punto -objetó-, a estas alturas, tú deberías ser totalmente capaz de controlarte.
La señal luminosa de "parada solicitada" se encendió junto con el pitido de rigor, y se dispusieron a, por enésima vez, hacinarse contra la pared de la máquina para dejar pasar a un grupo de escolares hiperventiladas bastante poco conscientes del respeto por el espacio ajeno. Él dudó de haber empleado el tono adecuado; le pareció excederse un poco. Cuando pudieron volver a ponerse cómodos, entendido sea en el contexto del transporte público santiaguino, se produjo un silencio pesado que pedía ser roto por algún comentario no precisamente coherente con el molesto tema que acababan de dejar en suspensión. Ya ambos estaban hartos de concluir que nunca iban a encontrar una solución. Pero, como suele decirse, la esperanza es lo último que se pierde.
¿Era esta misma esperanza la que los desgastaba de esa manera?
Muy probablemente, lo era.
Era ella la que los llevaba a tener exactamente la misma conversación una y otra vez para llegar al mismo fin. Un fin que iba corrompiendo cada vez un poquito más lo que habían construido durante once meses. Cuando la distancia entre su destino y la micro determinó que era tiempo de tocar el timbre, la costumbre provocó que él hiciera el ademán de tomarle la mano para bajar, pero las tensiones del momento lo retuvieron en el último segundo. No llegó a enterarse si ella percibió el gesto, pero deseó que no lo hubiera hecho; sentía que el que ella diera cuenta de ese momento de flaqueza mermaría aun más su amor propio. Dirigió la mano a su bolsillo y tanteó vagamente el paquete con dos Mentitas que se había comprado en el quiosco que está justo al salir del metro, y recordó lo que tenía en el otro lado del pantalón. Eso que traía para ella.
Y ella no estaba dispuesta a transar. Por lo menos, no por ahora. Y él no le entregaría nada con los ánimos como lo estaban en ese momento.
Caminaron. Y llegaron.
domingo, 3 de abril de 2011
Olía a maquillaje.
Ese día de la semana le tocaba entrar más temprano de lo habitual. La media hora de desfase de su partida en relación al resto de los días generaba un cambio más o menos notable en la cantidad de gente que llenaba los espacios del metro, por lo que encontrar un asiento no era, en la situación, un hecho de relevancia mayor. Después de haber ya recorrido el rutinario rumbo matutino desde su casa hasta el andén, entonces, vio acercarse desde lo negro la pequeña luz, junto con el característico tronar de los rieles bajo la máquina. Las puertas se abrieron. Luego de dejar descender antes de subir, como nos aconsejan desde siempre, cruzó la línea amarilla para ingresar al metro junto con unas siete personas que habían decidido que ésa era la puerta que debían utilizar aquel día. Se sentó en un asiento que quedaba de cara a una de las ventanas del vagón, por lo que su reflejo le devolvió la mirada desde el no exactamente regular material, de colores sombríos, tenues, con aspecto aletargado. Fue en ese momento en el que se dio cuenta de lo no maquillada que se veía. Lo curioso fue que, al fijarse en los tonos que entregaba su cara totalmente excenta de cualquier tipo de maquillaje, utilizó inconscientemente el participio "maquillada" para referirse al aspecto deslavado de su rostro. La razón de este singular acontecimiento se encontraba a dos asientos hacia la derecha de ella, con un lápiz de ojos en una mano y un espejo en la otra. Se sentía en el aire.
martes, 29 de marzo de 2011
Cuatro días. Es hoy.
Hay miles de categorías, de todo. Hay miles de tipos de frutas, de electrodomésticos, de botellas, de marcos para fotos, de música, de cuadernos, de cafés, de momentos, de secretos. Yo tengo secretos guardados. Todos debemos tener secretos y conservarlos. Los secretos de clasifican por su relevancia, la cantidad de gente que implican, la humillación que causarían al ser descubiertos, el tormento que provocan por existir, etc.
Pero ése no es el tema.
La historia es la siguiente.
Cuando llegamos, todo estaba cubierto. El efecto que causaba era más bien de una paradójica incertidumbre. Todos sabíamos que no había nada que temer; de hecho, todos estábamos ya enterados de que estaría así, tapado, separando el mundo de nuestros sentidos con finas telas, pero la mente humana tiene caminos difíciles, a veces imposibles de predecir.
La seguridad es un tema que nos limita o nos libera.
Recibimos la señal. Un gesto que quería decir "no hay moros en la costa". La reacción fue inmediata, colectiva. Todo se dilató, casi como agua que hace caso omiso de la tensión superficial. Y que corre, corre. Pero no éramos nosotros. La señal no era para nosotros. Nos limitamos a contemplar el espectáculo. ¿Por qué no hacíamos nada, dices? Porque ni siquiera alcanzábamos a sentirla con los pies, y eso que no todos teníamos los zapatos puestos. Y porque supongo que estábamos resignados, y que en nuestras ideas preconcebidas sí tenía cabida la aceptación de que no iba a resultar. En realidad nunca estuvimos realmente aferrados a la idea, por lo que, es patético aceptar, dejarlo ir no fue una tarea difícil. Nunca, como a lo que estábamos habituados. Ahí ya había alguien. ¿Y qué podíamos hacer? Era bien sabido que acá, el que pestañea, pierde. El gran problema, lo que da el contraste de manera grandiosa entre este caso específico y otros más bien mundanos es la magnitud de lo que perdemos. Hubo una relajación, pero no era la nuestra. Lo que sí era nuestro era un exasperante nihilismo, rayando en el masoquismo, ambos construyendo una gruesa pared delante de nuestros ojos dejando todo lo que amábamos en el lado opuesto.
Quizás la señal era mentira, o era falsa.
Ahora ya estamos en otro contexto. Desde cualquier ángulo que quiera tomarse la situación, del análisis de la misma va a obtenerse un resultado de categórica modificación de planos. El tedio matutino aún no lo es, en estricto rigor, ya que la rutina no ha mermado el sentido de las cosas por el momento. ¿Cuál es una de las COLOSALES diferencias? Es exactamente eso, que supuestamente nada debería volverse un aburrimiento extremo creador de personas soportando cosas que no les interesan. Y que no hay nadie aquí. En lo pragmático obvio que sí, pero de todas maneras, no hay nadie. Estoy junto a un juego cromático y de dudosa funcionalidad. Pero es bonito. (¿El de Les Luthiers?, de hecho, ¡sí! El que estaba muerto, según lo que yo tenía entendido.)
¿Que coma? ¿Que coma qué, si se diese la instancia para delimitar conceptos? Un can que padece una anormalidad dañosa que haya alcanzado un cierto grado de irreversibilidad, ¿de dónde? ¿De los brazos, las piernas, el esternón, que no me escushen? Y, ¿a qué vendría la acotación con intenciones más bien apelativas? Y el dicterio, ¿por qué? Es un mal enfoque de las maneras de alcanzar los objetivos iniciales. Y bastante contraproducente, si me voy a la subjetividad que flexibiliza la historia. No hay nadie. Nadie. Sí, alguien. Pero aún no está ahí por completo.
Y no modifica nada.
sábado, 22 de enero de 2011
Entrada NTN.
Creo que mi blog tiene otra zona horaria o en su defecto un taldo en el momento de publicar la entry. Em, en realidad tengo ganas de escribir, pero NO SÉ DE QUÉ HACERLO. Mi mamá dijo alguna vez que en nuestros periodos más felices, la Bego y yo dejamos de escribir, pero el punto es que ahora estoy increíblemente feliz. Onda, muuuuuuuuy contenta. Al punto de tener cara de droga permanente. Y me encanta estar así. Y eso tira por lo suelos, aplasta e incluso llega a taclear con sumisión la teoría de mi mamá.
He estado realizando mis primeras incursiones dentro de la capital, acompañada de mi gran* sentido de la orientación. El primer día me perdí dos veces. La primera vez pude enmendar el error sin la ayuda de nadie, sólo de la hoja del googlemaps que me imprimí y donde mi hermana marcó Beauchef, la FEN, la Torre Quince y mi facultad, después de realizar numerosas rotaciones de la lámina de celulosa impresa con las calles del centro de Santiago hasta ponerla en la posición que me permitiría llegar. Tarde. Pero llegar. La segunda hube de necesitar la ayuda de mis pares, sea prima-con-el-mismo-problema-que-yo y que por lo tanto utiliza un lenguaje mucho más entendible para la estructura mental de una persona capaz de perderse en una ciudad con las calles numeradas, que mi hermana mayor, que me da indicaciones del estilo "camina hacia el sur", considerando la cantidad de edificios que me impiden ver el sol, o "baja por la calle equis". Sin comentarios.
Llevo seis días aquí, con las horas de sueño en la máxima distorsión que han alcanzado durante mi existencia y chancheando todas las noches, sin tener que cumplir con nada excepto un par de reuniones con los de mi carrera y las necesidades básicas. Y no morir de calor. Me estoy dando cuenta de cada vez más cosas que mueven mi vida. No es que esté viviendo un proceso en el que vaya adquiriendo más cosas, sino que ahora me estoy percatando mucho más concienzudamente de lo que ya está ahí desde hace tiempo, y me gusta. Quizás se llame madurar.
Tomé más conciencia de lo inculta que soy, encontré un círculo genial, discutí cosas interesantes hasta que mi materia gris se cansó de maquinar argumentos después de haber presenciado la inexplicable pérdida de una olla (que por cierto era la única que había en esa casa. De la situación, surgen dos preguntas dentro de mi cráneo; la de rigor en este caso: ¿dónde está la olla?, y la siguiente y última por el momento: ¿cómo cresta se te puede perder una olla?), tomé una posible sobredosis de helado, subí a la piscina en horas random y sospecho que he caminado el doble de las distancias que realmente recorro a fuerza de esquivar las tapas de la calle. Y he escrito cosas que lo más seguro es que a nadie le importen.
Y me di cuenta de que hice la elección PER-FEC-TA, y que por a, be o ce, estuve a punto de no hacerla.
Y en Chile, escribir bien, sin faltas de ortografía, es ser maniático.
Ahora vamos a empezar desde cero. Es una oportunidad tan escasa en la vida que hay que tomarla sí o sí (o tal vez sí). Si sopesamos la situación, el panorama es tan sublime que es difícil creerlo.
Acá en Santiago, eliminas un gran porcentaje de tus recursos hídricos corporales por medio del fenómeno de la sopa, más formalmente llamado el de la transpiración. Las distancias se estiran y el tiempo disminuye.
Tengo que tomar mis cosas e irme.
*: Sarcasmo.
He estado realizando mis primeras incursiones dentro de la capital, acompañada de mi gran* sentido de la orientación. El primer día me perdí dos veces. La primera vez pude enmendar el error sin la ayuda de nadie, sólo de la hoja del googlemaps que me imprimí y donde mi hermana marcó Beauchef, la FEN, la Torre Quince y mi facultad, después de realizar numerosas rotaciones de la lámina de celulosa impresa con las calles del centro de Santiago hasta ponerla en la posición que me permitiría llegar. Tarde. Pero llegar. La segunda hube de necesitar la ayuda de mis pares, sea prima-con-el-mismo-problema-que-yo y que por lo tanto utiliza un lenguaje mucho más entendible para la estructura mental de una persona capaz de perderse en una ciudad con las calles numeradas, que mi hermana mayor, que me da indicaciones del estilo "camina hacia el sur", considerando la cantidad de edificios que me impiden ver el sol, o "baja por la calle equis". Sin comentarios.
Llevo seis días aquí, con las horas de sueño en la máxima distorsión que han alcanzado durante mi existencia y chancheando todas las noches, sin tener que cumplir con nada excepto un par de reuniones con los de mi carrera y las necesidades básicas. Y no morir de calor. Me estoy dando cuenta de cada vez más cosas que mueven mi vida. No es que esté viviendo un proceso en el que vaya adquiriendo más cosas, sino que ahora me estoy percatando mucho más concienzudamente de lo que ya está ahí desde hace tiempo, y me gusta. Quizás se llame madurar.
Tomé más conciencia de lo inculta que soy, encontré un círculo genial, discutí cosas interesantes hasta que mi materia gris se cansó de maquinar argumentos después de haber presenciado la inexplicable pérdida de una olla (que por cierto era la única que había en esa casa. De la situación, surgen dos preguntas dentro de mi cráneo; la de rigor en este caso: ¿dónde está la olla?, y la siguiente y última por el momento: ¿cómo cresta se te puede perder una olla?), tomé una posible sobredosis de helado, subí a la piscina en horas random y sospecho que he caminado el doble de las distancias que realmente recorro a fuerza de esquivar las tapas de la calle. Y he escrito cosas que lo más seguro es que a nadie le importen.
Y me di cuenta de que hice la elección PER-FEC-TA, y que por a, be o ce, estuve a punto de no hacerla.
Y en Chile, escribir bien, sin faltas de ortografía, es ser maniático.
Ahora vamos a empezar desde cero. Es una oportunidad tan escasa en la vida que hay que tomarla sí o sí (o tal vez sí). Si sopesamos la situación, el panorama es tan sublime que es difícil creerlo.
Acá en Santiago, eliminas un gran porcentaje de tus recursos hídricos corporales por medio del fenómeno de la sopa, más formalmente llamado el de la transpiración. Las distancias se estiran y el tiempo disminuye.
Tengo que tomar mis cosas e irme.
*: Sarcasmo.
martes, 4 de enero de 2011
Es más fácil.
Teníamos que comer bien, dormir bien, estar tranquilos, blablablá (?), pero si nos lo decían con cara de "sabemos que en realidad no es posible que lo hagan" en realidad estos sencillos consejos tornaban las cosas bastante más complicadas de lo que supuestamente ya eran. Pero, en realidad, para mí, no lo fueron tanto. En ningún momento fui capaz de entender por qué, pero estuve tan tranquila durante el día anterior y los días equis e y que llegué a sorprenderme varias veces. Ya di la fáquin pe ese u, la famosa prueba que determina quién pisa el suelo de cuál universidad, instituto profesional, o en su defecto, pre-universitario, o calle incluso.
Esta prueba es de un carácter bastante elitista. Según yo, los resultados que una persona puede llegar a obtener cambian de una manera increíble al hacer o no un pre. Independiente de qué pre es, éste cumplirá más que nada un rol de entrenamiento para llegar a enfrentar de una u otra forma la prueba, que por cierto es bastante básica en contenidos. Entonces, ¿qué está midiendo realmente la pi es iu? Aunque sé que acceso a los contenidos hay, nunca va a ser lo mismo leerlos en internet, tú solo en tu casa, que revisarlos con un profe con un dinamismo diferente al de la sala escolar, acostumbrado a resumir cuatro años de más bien laxa educación en lo realmente útil ¿para qué?, específicamente para esta prueba. Siempre he opinado que estas instituciones deberían llamarse pre-PSU.
Ya pasó el primer periodo de espera, el de los resultados. Ya supe cómo cresta me fue. Y según los puntajes de corte de mi carrera en la U que quería, me sobran setenta y ocho puntos así que es bastante seguro que entre. Sin embargo, para un montón de gente, éste es el siguiente periodo de espera, después del cual sabrán si están aceptados en la U o no. Es cuático esto del futuro cercano.
Después de este verano, al comenzar el año académico propiamente tal, voy a cambiar todo otra vez. Y me gusta.
Esta prueba es de un carácter bastante elitista. Según yo, los resultados que una persona puede llegar a obtener cambian de una manera increíble al hacer o no un pre. Independiente de qué pre es, éste cumplirá más que nada un rol de entrenamiento para llegar a enfrentar de una u otra forma la prueba, que por cierto es bastante básica en contenidos. Entonces, ¿qué está midiendo realmente la pi es iu? Aunque sé que acceso a los contenidos hay, nunca va a ser lo mismo leerlos en internet, tú solo en tu casa, que revisarlos con un profe con un dinamismo diferente al de la sala escolar, acostumbrado a resumir cuatro años de más bien laxa educación en lo realmente útil ¿para qué?, específicamente para esta prueba. Siempre he opinado que estas instituciones deberían llamarse pre-PSU.
Ya pasó el primer periodo de espera, el de los resultados. Ya supe cómo cresta me fue. Y según los puntajes de corte de mi carrera en la U que quería, me sobran setenta y ocho puntos así que es bastante seguro que entre. Sin embargo, para un montón de gente, éste es el siguiente periodo de espera, después del cual sabrán si están aceptados en la U o no. Es cuático esto del futuro cercano.
Después de este verano, al comenzar el año académico propiamente tal, voy a cambiar todo otra vez. Y me gusta.
jueves, 25 de noviembre de 2010
Desde ahora hacia atrás, m < 0.
Ahora sí que no sé lo que me espera, y ahora sí que sé que no puedo saberlo, ni suponerlo siquiera. Ayer fue un día extraño, con oscilaciones anímicas cuáticas. Partamos por el hecho de que era mi licenciatura. A partir del momento en que ese cartón con frases hechas, nombres, firmas, fechas y timbres estuvo en mi mano, gracias a mi profe jefe (quien hizo que todos se vieran altos en el escenario, según mi hermana grande), pasé a subir la tasa de desempleo del país. Y con mucho orgullo. Como en mi colegio somos (bueno ya, éramos) cinco cuartos medios, repartieron las licenciaturas durante el día. Yo soy del Cuarto Aaaahhh, así que lógico, nos tocaba primero (no se lo esperaban); a las NUEVE de la mañana.
Yo siempre había querido graduarme al aire libre, con toga y birrete y los rayos del sol del pre-ocaso bañando oblicuamente esta fastuosa ceremonia donde la emoción une a los presentes en una felicidad incalculable y bla bla bla, pero no. Bueno, no puedo quejarme; aunque las invitaciones podrían haber sido mejores y deberían haber pensado en sacar la foto de los graduandos con toga y birrete porque fundaban falsas esperanzas en mí, fue un momento de genuina felicidad. Había siete cupos (incluidos los papás) para cada alumno, y vino mi papá con mi abuela desde Santiasco, a quienes no había visto en un tiempo considerable... desde el dieciocho de septiembre, creo. También fueron testigos de mi inicio a la cesantía mi mamá, mi otra abuela, mi hermana grande y mi hermana chica. La mamá de mi papá parecía manguera llorando... estaba tan contenta, y eso me ponía en extremo feliz a mí. Mi hermana grande me regaló un flor de goma eva, y luego de la tertulia de rigor con el curso al terminar la última lista, fuimos todos los que estábamos (mis invitados a la licenciatura, digo) a la casa de mi tía. Se reunió un grupo, por consiguiente, que no se reunía hace años. Pero AÑOS. Quizás más de ocho mil. Bueno, pero la cosa es que fue impresionante. Ayer en la mañana estaba realmente feliz.
Con mi mamá y mis hermanas fuimos a comer sushi por ahí, y después compramos unos pastelitos árabes equis. O sea, mi mamá los compró. Llegamos a la casa y me puse a estudiar al punto de que mi hombro me reclamaba por la posición que tuvo que adoptar durante prolongados periodos y mis dedos de la mano izquierda ya cuenta con surcos bien definidos. De todas maneras sentía que avanzaba, ya casi tengo toda la partitura leída y bastante introducida en mi cabeza, pero eso es de sólo una de las tres piezas. No fue hasta bastante tarde que supe que en realidad lo que estoy haciendo no tiene mucho sentido que digamos. Una decisión que ya estaba más que tomada por mí tuvo que ser prácticamente desechada. Aunque lo que me queda por hacer no es para nada malo, de hecho es bastante lógico y no puede ser de otra manera, no sé, yo supongo que fue el hecho de haber estado tanto tiempo equivocada e idealizando lo que me puso tan mal. Me sentí una idiota integral y apartada. Desnivelada (gracias, cultura). Ahora no estoy segura de qué cresta voy a hacer, pero es casi un hecho que tendré que estudiar una licenciatura simultaneando el conservatorio. Y después veré qué hago, pero por lo menos estoy consciente de que no es absolutamente mi culpa. También lo es de este faquin país burocrático y sus secuaces. No les cuesta nada tener al tercer estado un poco más informado, o por lo menos con un acceso más expedito y fácil a la información. Pero así es la vida acá.
Lo ridículo es que es tan fácil... al esparcir la cultura y todo lo que ésta misma alude, se logra dar un paso gigante hacia nuestra deseada y abstracta amiga llamada Igualdad de Oportunidades, pero al parecer las cosas por ahora van a pertenecer a un círculo cerrado y más bien selecto, con lo que estoy de acuerdo, pero la selección no debería ser al nivel del acceso a la información que podría competer a todos. Shao.
A todo esto, fui al pre-estreno de la historia del niño que sobrevivió al maleficio imperdonable de la luz verde y es la que, según yo, menos se han echado respecto al libro. No reclamé tanto durante la función. De hecho me gustó harto la weá de película.
Seeee, después de todo no es para nada malo..., yo quiero vivir haciendo lo que amo. Pero podría haber estado al tanto de este pseudocolapso antes y no me sentiría tan sacowea en estos instantes. Son las cuatro de la tarde y muero de sueño, tengo que estudiar para la faquin pe ese u (porque ahora sí que es de carácter obligatorio) y siento la presión de los circulitos con lápiz 2B sobre mis sienes. Y hace dos días que no me como ni los dedos ni las uñas.
martes, 9 de noviembre de 2010
Lo que sigue.
Ésta es una entrada que va con una base. Se supone que tengo algo que decir hoy.
Y de hecho, así es.
¿Qué es lo que pasa? Es que me (nos) quedan cinco días hábiles. Cinco días de notas y CHAO. Chao a lo que hemos hecho durante el (procedo a generalizar) sesenta y seis coma seis periódico por ciento de nuestras vidas (basándonos en que tengamos más o menos dieciocho y que hayamos pasado doce años en el colegio).
Los días ya estipulados se acabaron. Durante doce años, hicimos lo mismo. Lo mismo porque era lo que había que hacer, y todo el mundo hacía lo mismo. No había elección a gran escala. Y es increíble pensar en lo fácil que es vivir cuando no tenemos que decidir mucho. Ahora, todo ésto se acaba. Yo me acuerdo cuando, yendo aún en séptimo, o hasta sexto, con mis compañeras de las Pasionistas pensábamos en la graduación (sí, yo también pensaba en la graduación y todo lo que ésta implica). Ya en octavo las conversaciones eran incluso de los vestidos y zapatos (dato freak: una compañera dijo que quería ir con botas de cuero -trece trece-), y ahora ya estamos a poco más de un mes de la famosa fiestilla. Es increíble, tengo la impresión de que los minutos se estiran y que pasan arrastrándose hasta hacerse tediosos, pero sin darse cuenta, ya pasó una semana, un mes, trescientos doce días.
Todo ésto ejerce una presión. Al sentarme a no hacer nada (cosa que por estos días hago realmente muy poco para lo increíblemente floja que soy), no logro estar absolutamente tranquila. A veces, llego a sentirme poluta. Hay miles de cosas que dependen particularmente de este fin de año. DEMASIADAS (me estoy apoyando en el hecho de que el mundo continúe después del veintidós de diciembre del dos mil doce). Todo el dos mil once depende de las escasas horas que pasaré dentro de una sala (que todavía no sé en qué colegio de Viña se encontrará) llenando circulitos con un lápiz grafito 2B.
Continúo escribiendo hoy, martes nueve de noviembre del dos mil diez, día en el que faltan sólo tres días hábiles para cerrar promedios.
Después de este fin de año, las dinámicas vitales van a ser diferentes. Cada uno podrá tomar su rumbo y probarse. Ver si lo que ha estado haciendo vale la pena de alguna forma.
Opino que el estilo de vida de hoy no nos permite asimilar realmente el quiebre que va a suceder en nuestras vidas. Lo inmediato y vertiginoso nos ha hecho perder el interés en todo, pero esto es importante. Si no hubiese estado sola, realmente sola, sin siquiera poder hablar porque no conocía el idioma, fuera de lo mío y lejos la gente que amo, quizá no tomaría tanto espacio en mi cabeza lo que estoy viviendo.
Es la incertidumbre.
Pero, a pesar de ser una incertidumbre que, correspondiendo bien a su naturaleza, me presiona la garganta y el pecho dando la real impresión de que tengo algo muy parecido a la pena, ésto es de una manera para nada desagradable. Es un nerviosismo, ansias de que llegue lo que viene. El colegio, sea malo, bueno, gordo, sucio, valiente, laico, negro, blanco, hueco, oblicuo, confuso, arrugado, horrible y con techos ordinarios que se caen con la lluvia en el patio de atrás (como lo es el mío), es todo un universo que cuesta creer que uno va a dejar para siempre. Ahora tenemos que irnos. Se supone vienen mejores tiempos. Toda esa gente que dábamos por sentado que estaba ahí, y que eso nos aseguraba, ya no va a estar igual de disponible y cerca. Como siempre he intentado definir sin llegar a algún absoluto más o menos aceptable, vamos a echar de menos. El echar de menos es algo muchísimo más complicado de lo que parece. Es un proceso sensorial, tiene que ver con todo; olores, temperaturas, vientos, quietudes, colores, cercanías, sonidos, texturas, sabores, movimientos, y un astronómico etcétera. Estamos creciendo, y aunque suene a cliché, me asusta. Me asusta alejarme de nuevo de los que amo. Y me da pena. Después de todo, pasamos juntos a lo menos ocho horas de nuestro día.
Tenemos que tomar nuestras cosas e irnos.
Y de hecho, así es.
¿Qué es lo que pasa? Es que me (nos) quedan cinco días hábiles. Cinco días de notas y CHAO. Chao a lo que hemos hecho durante el (procedo a generalizar) sesenta y seis coma seis periódico por ciento de nuestras vidas (basándonos en que tengamos más o menos dieciocho y que hayamos pasado doce años en el colegio).
Los días ya estipulados se acabaron. Durante doce años, hicimos lo mismo. Lo mismo porque era lo que había que hacer, y todo el mundo hacía lo mismo. No había elección a gran escala. Y es increíble pensar en lo fácil que es vivir cuando no tenemos que decidir mucho. Ahora, todo ésto se acaba. Yo me acuerdo cuando, yendo aún en séptimo, o hasta sexto, con mis compañeras de las Pasionistas pensábamos en la graduación (sí, yo también pensaba en la graduación y todo lo que ésta implica). Ya en octavo las conversaciones eran incluso de los vestidos y zapatos (dato freak: una compañera dijo que quería ir con botas de cuero -trece trece-), y ahora ya estamos a poco más de un mes de la famosa fiestilla. Es increíble, tengo la impresión de que los minutos se estiran y que pasan arrastrándose hasta hacerse tediosos, pero sin darse cuenta, ya pasó una semana, un mes, trescientos doce días.
Todo ésto ejerce una presión. Al sentarme a no hacer nada (cosa que por estos días hago realmente muy poco para lo increíblemente floja que soy), no logro estar absolutamente tranquila. A veces, llego a sentirme poluta. Hay miles de cosas que dependen particularmente de este fin de año. DEMASIADAS (me estoy apoyando en el hecho de que el mundo continúe después del veintidós de diciembre del dos mil doce). Todo el dos mil once depende de las escasas horas que pasaré dentro de una sala (que todavía no sé en qué colegio de Viña se encontrará) llenando circulitos con un lápiz grafito 2B.
Continúo escribiendo hoy, martes nueve de noviembre del dos mil diez, día en el que faltan sólo tres días hábiles para cerrar promedios.
Después de este fin de año, las dinámicas vitales van a ser diferentes. Cada uno podrá tomar su rumbo y probarse. Ver si lo que ha estado haciendo vale la pena de alguna forma.
Opino que el estilo de vida de hoy no nos permite asimilar realmente el quiebre que va a suceder en nuestras vidas. Lo inmediato y vertiginoso nos ha hecho perder el interés en todo, pero esto es importante. Si no hubiese estado sola, realmente sola, sin siquiera poder hablar porque no conocía el idioma, fuera de lo mío y lejos la gente que amo, quizá no tomaría tanto espacio en mi cabeza lo que estoy viviendo.
Es la incertidumbre.
Pero, a pesar de ser una incertidumbre que, correspondiendo bien a su naturaleza, me presiona la garganta y el pecho dando la real impresión de que tengo algo muy parecido a la pena, ésto es de una manera para nada desagradable. Es un nerviosismo, ansias de que llegue lo que viene. El colegio, sea malo, bueno, gordo, sucio, valiente, laico, negro, blanco, hueco, oblicuo, confuso, arrugado, horrible y con techos ordinarios que se caen con la lluvia en el patio de atrás (como lo es el mío), es todo un universo que cuesta creer que uno va a dejar para siempre. Ahora tenemos que irnos. Se supone vienen mejores tiempos. Toda esa gente que dábamos por sentado que estaba ahí, y que eso nos aseguraba, ya no va a estar igual de disponible y cerca. Como siempre he intentado definir sin llegar a algún absoluto más o menos aceptable, vamos a echar de menos. El echar de menos es algo muchísimo más complicado de lo que parece. Es un proceso sensorial, tiene que ver con todo; olores, temperaturas, vientos, quietudes, colores, cercanías, sonidos, texturas, sabores, movimientos, y un astronómico etcétera. Estamos creciendo, y aunque suene a cliché, me asusta. Me asusta alejarme de nuevo de los que amo. Y me da pena. Después de todo, pasamos juntos a lo menos ocho horas de nuestro día.
Tenemos que tomar nuestras cosas e irnos.
lunes, 18 de octubre de 2010
Semana ensayista y un poco productiva.
De partida, mi vida no es productiva por el simple hecho de tener aún que ir al colegio. A estas alturas del año es una pérdida de tiempo tan evidente que ya se está tornando inaceptable y de dimensiones no medibles si nos vamos al terreno de lo desagradable para el pensamiento humano. Mi pensamiento en total simplicidad. Cada vez que pienso en el momento matinal y horriblemente rutinario en el que me dirijo a la estación del metro (deidad) me da un impulso (chum) y una fugaz imagen cruza mi mente. Me veo a mí misma destrozando todas las grises y polvorientas cortinas de la sala. De hecho, el llegar un cuarto para las ocho todos los días (bueno, excepto hoy, que salí de mi casa junto con mi hermana chica, considerando que su colegio queda a veinte minutos de la casa y el mío a cincuenta o cincuenta y cinco minutos) y por lo tanto encontrarme unos cuatro minutos sola cada mañana, la situación me desafía a hacerlo diariamente. Sé que no lo voy a hacer, pero de que tengo ganas, las tengo. Odio esas cortinas. LAS ODIO. Cuando hay viento y sol a la vez, te obligan a someterte a una de dos situaciones de las que el individuo regular no gusta; uno, o que te lleguen los incontrolados rayos a alguna parte del cuerpo que eleva su temperatura de forma... hola; o dos, acostumbrar tu cara al vaivén de la maldita cortina, sumisa ante los efectos de masas de aire a diferentes temperaturas.
Como debe ya sentirse en el aire, no tengo nada de qué hablar. Esta semana tengo varios ensayos pe ese u (hoy tuve uno de historia, soy una inculta, y uno de lenguaje en el que omití bastante). Mañana doy creo que lenguaje y ciencias por los de prueba del DEMRE, el miércoles matemáticas por lo mismo (es posible que sea al revés pero poco importa), el jueves nada y el viernes matemáticas en el colegio. En matemáticas me doy la libertad de tener un poco de fe.
Hoy sentí el verano, y me gustó.
Creo que ver a la gente en polera me puso de buen ánimo. Incluso después del preu, caminando hacia mi casa, muerta de calor, lo sentí positivamente en el ambiente. Hace dos años que mi cuerpo no siente la navidad, ya que la nieve de la pasada no le permitió ponerse en el contexto festivo. Fue engañado, el pobre.
A Ari le están saliendo brotes. Ari Laamanen (lo siento, pinito de navidad, si no escribí bien tu nombre). Se llama así en honor al pen-friend finlandés de infancia de mi mamá. Se escribieron como seis años. Yo tuve varios con el ePals. Pero mula, nos mandamos con suerte dos mails y sería todo. Adiós.
domingo, 3 de octubre de 2010
Un libro, una opinión y otra opinión.
¿Y qué pasaría si quisiéramos vivir nada más que de ideas e ideales?
Vivir en pos de lo que viene, de los que nos queda por alcanzar.
Proceder con la mente virgen y sólida.
Con fe en lo que sabemos que podemos lograr. En todo.
La duda anterior deja caer sus orígenes en cierto suceso de cierta mañana y en otro cierto suceso de cierta tarde. El primero fue un simple intercambio de ideas entre dos personas, el segundo un breve monólogo, en ambos casos los participantes de la situación comunicativa eran cada uno perteneciente a un grado diferente de la escala jerárquica de cualquier institución educacional (sea colegio, en el primer caso, sea preu en el segundo). Cada una ejemplar de un grupo etario diferente, separadas por unos quizá generosamente escasos treinta y cinco inviernos.
Para crear un contraste que defina un absoluto tiene que existir gente que destruya lo que otros construyen. Mientras algunos trabajan en total discreción por la realización de los sueños, otros viven con una predisposición a resignarse frente a lo que no controlan, o creen no poder controlar y crear. Como dijo mi profe de filosofía, somo hijos de los tiempos, pero en esta peculiar relación filial, podemos decidir.
Debemos decidir para que el monstruo no decida por cada uno de nosotros.
El tomar conciencia de la libertad que poseemos nos otorga un poder inconcebible para nuestra realidad. Es una pequeña realidad, pero al fin y al cabo, es la nuestra y la única que tenemos. Es preciso cuidarla, cuidarnos.
Protegernos.
Vivir en pos de lo que viene, de los que nos queda por alcanzar.
Proceder con la mente virgen y sólida.
Con fe en lo que sabemos que podemos lograr. En todo.
La duda anterior deja caer sus orígenes en cierto suceso de cierta mañana y en otro cierto suceso de cierta tarde. El primero fue un simple intercambio de ideas entre dos personas, el segundo un breve monólogo, en ambos casos los participantes de la situación comunicativa eran cada uno perteneciente a un grado diferente de la escala jerárquica de cualquier institución educacional (sea colegio, en el primer caso, sea preu en el segundo). Cada una ejemplar de un grupo etario diferente, separadas por unos quizá generosamente escasos treinta y cinco inviernos.
Para crear un contraste que defina un absoluto tiene que existir gente que destruya lo que otros construyen. Mientras algunos trabajan en total discreción por la realización de los sueños, otros viven con una predisposición a resignarse frente a lo que no controlan, o creen no poder controlar y crear. Como dijo mi profe de filosofía, somo hijos de los tiempos, pero en esta peculiar relación filial, podemos decidir.
Debemos decidir para que el monstruo no decida por cada uno de nosotros.
El tomar conciencia de la libertad que poseemos nos otorga un poder inconcebible para nuestra realidad. Es una pequeña realidad, pero al fin y al cabo, es la nuestra y la única que tenemos. Es preciso cuidarla, cuidarnos.
Protegernos.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Los que se fueron, regresaron, y nunca volvieron.
De súbito volvimos a los VHS. Es impresionante la calidad con la que nos contentábamos. En ese entonces era importante el contenido. Ahora lo es la forma. De todas maneras, si hubiéramos tenido algo mejor en ese momento, habríamos probablemente optado por una calidad más elevada de reproducción, independiente del contenido.
Sobre la torre había una regla que decía gauche a la izquierda y droite a la derecha. Se escuchaba la voz de un pequeño león con complejos de grandeza, y voces femeninas que coreaban su canción, sin tener mucha conciencia sobre el mensaje. Una estaba frente a un prisma extraño, la otra sobre la cama. Alguien se acercó a decirme hola, porque estaba asustada.
Hay quienes poseen un tegumento frágil. Cuando llegamos, había un bifurcación, una canción buena, y una decisión que tomar. Pero pensamos en el muro, ése que estaba hecho de fetos, guaguas raquíticas que alguna vez fueron congeladas, que tenían los miembros amoratados y quebradizos, y todo se hizo más fácil. Todo fue evidente y hasta obvio. Y lo logramos. Y nos sentimos libres. Fue seguramente el momento en el que asumimos que nunca sabríamos dónde estaba, dónde se perdió, y que por lo tanto nunca lo encontraríamos y tendríamos que prescindir de lo que hasta entonces era imprescindible. Ahí comprendimos que nosotros lo perfilábamos y le dábamos forma. Que era nuestro.
La lámpara estaba dispuesta de manera bastante frontal a la niña, aunque un poco hacia su elevada izquierda. La repetición cíclica no le molestaba por el momento y la mente se le atrofiaba y bloqueaba ciertos procesos cerebrales. Asumía que todos tenemos un sinnúmero de antecedentes no necesariamente públicos, que no nos implican directamente y que incluso así, afectan nuestra figurativa calma. Éso la tranquilizó, y le hizo sentir una extraña cohesión confusamente cálida para el contexto. Son cosas que están tan lejos. Tanto que al tocarlas y verlas delante tuyo, las sientes incluso más irreales, más de lo irreales que te parecieron cuando las supiste. Al palparte las sienes y sentir la sangre que pasa cada cierto lapso, ignorando la química, biología y demás disciplinas científicas que podrían aludir a esta mezcla de plasma y células en suspensión, tomas conciencia de las cosas que no duran, pero aunque se hayan ido por un rato, estás seguro de que volverán.
Es el único lugar que conozco. Es ése y ninguno más. Donde se disfrutaba del caos y se atendía el cosmos. Donde se nos mantenía vivos. Viviendo y no sobreviviendo. Donde todo tenía sentido, un porqué, un para qué, una finalidad. Lo mismo que hoy hacemos casi por inercia. Donde todo dependía de todos y nos hacía partícipes, creadores y propulsores de felicidad. Donde éramos responsables de algo o alguien (o ambos), y nos sentíamos imprescindibles. Donde alguien nos necesitaba. Donde las cosas no eran relativas y podíamos estar seguros, y teníamos espacio. Donde no pertenecíamos y no anhelábamos hacerlo. Donde lo bello era simple y universal. Donde el dolor tenía un hogar. Donde la culpa era sólo un estado de transición, era útil y no una tranca. Donde no buscábamos trascender y quedar en la posteridad. Donde nos comparábamos sólo con nosotros mismos.
Pero nunca volvimos.
Pero nunca volvimos.
martes, 7 de septiembre de 2010
Que no entren.
Cachen que estaba demasiado rica la ensalada que me acabo de comer (apio con manzana), tengo el gugl crom, toqué una armónica y supe que cuando soplai no suena igual que cuando inhalai y que de hecho es así como tocai la escala, se me pasó el metro de manera bastante exasperante (onda, llegué a la estación y ÉL ESTABA AHÍ, y por tres segundos no lo pude tomar. Y el Metro Valpo no tiene una frecuencia que podríamos catalogar de exuberante así que casi llego tarde al colegio) y hoy fue la primera tarde en que llegué del colegio sin polerón porque no tenía frío.
Ayer se cumplió un año.
Hoy se cumplen tres semanas desde que dejé de morderme dedos y uñas.
Le acabo de pedir a mi hermana chica que me traiga más ensalada de apio y manzanas. ¡Estaba tan riiiiica!
Ahora estoy equipada con un nuevo y lleno bol de ensalada de apio (y... manzana) que por cierto fui a buscar yo misma porque a mi hermana le dio lata y lo único que me falta es un tema del que escribir. Últimamente, más que pensativa o reflexiva, he estado increíblemente fatalista, rayando en el masoquismo, pero son etapas por las que uno pasa. O tiene que pasar. O éso creo yo. Y de hecho, ya la pasé, por lo menos por la más cercana de las posteridades.
Debido a mi edad y, por lo tanto, a la etapa por la que me hallo yo pasando, uno de mis centros nerviosos (el que está ubicado en la cavidad craneal) ha debido asumir una cantidad colosal de información para la que no estaba quizá preparado. En realidad, no sé si preparado sea el término adecuado, pero la cosa es que no he podido dejar de impresionarme. Es posible que estas reacciones desmesuradas que imprimen trazas en mi conciencia sean parte de lo que hoy es el mundo, lo que hoy es mi país, y de lo que tengo que tomar el hábito de enterarme. Pero el tema es que no quiero que cosas así entren a lo que para mí es la norma. Yo quiero que lo que está llegando a ser normal no logre la clasificación de habitual y, por lo tanto, ser aceptado a la fuerza por nuestra moldeable sociedad. Esta actitud podría ser tomada como extremadamente conservadora y nada vanguardista, pero no hay que tomarla desde el punto de vista cartucho (independiente de que yo sea cartucha). Una cosa es que las cosas avancen y otra es que las mismas sean despojadas de su virtud, sustancia y vigor. Para mí, nos estamos desvirtuando. En todo aspecto, las cosas están sobrepasando los límites y barreras que yo había concebido como impuestos por la misma sociedad; pero NO, estos límites son OTROS. Son EXTREMOS PARA MÍ. Y no es que me hayan criado dentro de una burbuja, es que en los ahoras, un porcentaje desmesurado de lo que es la cultura está hecho y fundado dentro de cada ser en base a nuestra querida amiga tele. Personalmente, admiro la capacidad que ha tenido este prisma (y ahora, figura casi bidimensional) para tener ocupado al mundo durante tanto tiempo útil. Y estoy cayendo en la crítica social más cliché que existe, lo sé. Pero es que es verdad.
Otra cosa que está siempre presente ya sea de manera tácita o casi tangible (gracias a la Pando, por ejemplo) es nuestra gran amiga PSU. ¿Quién, de los que la van a dar este año, ya la dieron o la darán en un futuro no lejano, no ha tenido ya a su manera una pequeña crisis de estrés a causa de esta singular acumulación de hojas corcheteadas y/o una perfecta imitación o reproducción de ésta, sea facsímil?
Ver ejemplo.
A mí me cuesta asumir que, de cierta forma, tu entrada a la U y carrera que quieres del año siguiente depende de estas hojas y de tu estado de ánimo, de tu tranquilidad y tu capacidad para calmarte si no te sale alguna weá, de cuántas horas has dormido y si has logrado hacerlo bien, de si tu lápiz grafito HB y tu goma, los cuales vas a haber comprado especialmente para esta ocasión (o por lo menos mi hermana lo hizo así) no te cagan (alguien con intenciones nefastas puede haber tomado tu lápiz y haberle roto la mina en mil pedazos :c ), de si no se te olvidó el confort para sonarte (si es que tienes mocos), de si te pica el pie, justo la planta, y no puedes rascarte sin tener que sacar el zapato (lo siento, si me pasa, me sacaré el zapato al toque y de esta manera,i'll nip it in the bud) y gracias a éso pierdes los segundos que el destino (no creo en el destino) dictaba como necesarios para que terminaras tu PSU de manera digna, y un infinito ET-CÉ-TE-RA.
Qué miedo.
Ayer se cumplió un año.
Hoy se cumplen tres semanas desde que dejé de morderme dedos y uñas.
Le acabo de pedir a mi hermana chica que me traiga más ensalada de apio y manzanas. ¡Estaba tan riiiiica!
Ahora estoy equipada con un nuevo y lleno bol de ensalada de apio (y... manzana) que por cierto fui a buscar yo misma porque a mi hermana le dio lata y lo único que me falta es un tema del que escribir. Últimamente, más que pensativa o reflexiva, he estado increíblemente fatalista, rayando en el masoquismo, pero son etapas por las que uno pasa. O tiene que pasar. O éso creo yo. Y de hecho, ya la pasé, por lo menos por la más cercana de las posteridades.
Debido a mi edad y, por lo tanto, a la etapa por la que me hallo yo pasando, uno de mis centros nerviosos (el que está ubicado en la cavidad craneal) ha debido asumir una cantidad colosal de información para la que no estaba quizá preparado. En realidad, no sé si preparado sea el término adecuado, pero la cosa es que no he podido dejar de impresionarme. Es posible que estas reacciones desmesuradas que imprimen trazas en mi conciencia sean parte de lo que hoy es el mundo, lo que hoy es mi país, y de lo que tengo que tomar el hábito de enterarme. Pero el tema es que no quiero que cosas así entren a lo que para mí es la norma. Yo quiero que lo que está llegando a ser normal no logre la clasificación de habitual y, por lo tanto, ser aceptado a la fuerza por nuestra moldeable sociedad. Esta actitud podría ser tomada como extremadamente conservadora y nada vanguardista, pero no hay que tomarla desde el punto de vista cartucho (independiente de que yo sea cartucha). Una cosa es que las cosas avancen y otra es que las mismas sean despojadas de su virtud, sustancia y vigor. Para mí, nos estamos desvirtuando. En todo aspecto, las cosas están sobrepasando los límites y barreras que yo había concebido como impuestos por la misma sociedad; pero NO, estos límites son OTROS. Son EXTREMOS PARA MÍ. Y no es que me hayan criado dentro de una burbuja, es que en los ahoras, un porcentaje desmesurado de lo que es la cultura está hecho y fundado dentro de cada ser en base a nuestra querida amiga tele. Personalmente, admiro la capacidad que ha tenido este prisma (y ahora, figura casi bidimensional) para tener ocupado al mundo durante tanto tiempo útil. Y estoy cayendo en la crítica social más cliché que existe, lo sé. Pero es que es verdad.
Otra cosa que está siempre presente ya sea de manera tácita o casi tangible (gracias a la Pando, por ejemplo) es nuestra gran amiga PSU. ¿Quién, de los que la van a dar este año, ya la dieron o la darán en un futuro no lejano, no ha tenido ya a su manera una pequeña crisis de estrés a causa de esta singular acumulación de hojas corcheteadas y/o una perfecta imitación o reproducción de ésta, sea facsímil?
Ver ejemplo.
A mí me cuesta asumir que, de cierta forma, tu entrada a la U y carrera que quieres del año siguiente depende de estas hojas y de tu estado de ánimo, de tu tranquilidad y tu capacidad para calmarte si no te sale alguna weá, de cuántas horas has dormido y si has logrado hacerlo bien, de si tu lápiz grafito HB y tu goma, los cuales vas a haber comprado especialmente para esta ocasión (o por lo menos mi hermana lo hizo así) no te cagan (alguien con intenciones nefastas puede haber tomado tu lápiz y haberle roto la mina en mil pedazos :c ), de si no se te olvidó el confort para sonarte (si es que tienes mocos), de si te pica el pie, justo la planta, y no puedes rascarte sin tener que sacar el zapato (lo siento, si me pasa, me sacaré el zapato al toque y de esta manera,
domingo, 5 de septiembre de 2010
Inminente inicio de la Revolución Legítima (legítimo; de acuerdo a la tercera acepción de la RAE).
Hoal, em eh daod cuneta ed qeu em eqiuvoco deamsiado.
Me lo han dicho muchas veces, me lo hacen ver y entender de mil maneras, y lo han hecho durante mucho tiempo, pero no lo había captado como un mensaje tan real. Hasta ahora. Las pre-concepciones que tenía de la humanidad y de nuestra condición me estaban cegando. Y tengo que tomar cartas en el asunto. Tengo que tomar una decisión. Tengo que analizar los pro y los contra de la posibilidad que encontré hoy, cuando salí a caminar en la mañana sin ningún objetivo fijo por calles llenas de artistas, de funcionarios públicos, de comerciantes y de infantes y de volantines. Tengo que estudiar esta opción desde el punto de vista más práctico hasta el más elevado, subjetivo y personal. Cada individuo es lo que es, independiente de las relaciones sanguíneas que lo unan a otros ejemplares de la especie. Y éso es lo que mi inconsciente intentaba ignorar, pero las cosas son mucho más simples, mucho más verticales de lo que creía. Si no vemos las cosas como son, no progresamos. Yo me equivoco, pero TODOS lo hacemos. Y ése es el problema. Que no es necesario, no es sano, ni siquiera es lógico estar a disposición de los demás para que descarguen sus contrariedades y disfunciones vitales tomando tus errores y tapándote con ellos. Llega un punto en el que ciertas actitudes se transforman en un ciclo patético, que perjudica desde la base y que por estándares sociales no es modificado. Soy un a persona tan influenciada por factores casi doctrinales, de los que a todo ésto no me gustaría formar parte, que esta decisión me tomará tiempo. Yo quiero ser una mejor persona. Mais ici je ne peux pas. Ici, je ne suis pas capable. El punto es que estoy dispuesta a trabajar por ello. Pero las condiciones laborales aquí son extrañas. Si fuese una bacteria, tendría que ser una arquea. Pero soy un organismo extremadamente simple, egoísta y débil. Pero estoy dispuesta a cambiar. Y como cualquier ser más bien enclenque, a veces exánime, necesito ayuda. Estoy en un dilema ético y moral, como dirían mis amigas en su disertación de filosofía del viernes.
Creo que digo todo ésto porque tengo y poseo un amor propio que supera lo sano y recomendado.
Me lo han dicho muchas veces, me lo hacen ver y entender de mil maneras, y lo han hecho durante mucho tiempo, pero no lo había captado como un mensaje tan real. Hasta ahora. Las pre-concepciones que tenía de la humanidad y de nuestra condición me estaban cegando. Y tengo que tomar cartas en el asunto. Tengo que tomar una decisión. Tengo que analizar los pro y los contra de la posibilidad que encontré hoy, cuando salí a caminar en la mañana sin ningún objetivo fijo por calles llenas de artistas, de funcionarios públicos, de comerciantes y de infantes y de volantines. Tengo que estudiar esta opción desde el punto de vista más práctico hasta el más elevado, subjetivo y personal. Cada individuo es lo que es, independiente de las relaciones sanguíneas que lo unan a otros ejemplares de la especie. Y éso es lo que mi inconsciente intentaba ignorar, pero las cosas son mucho más simples, mucho más verticales de lo que creía. Si no vemos las cosas como son, no progresamos. Yo me equivoco, pero TODOS lo hacemos. Y ése es el problema. Que no es necesario, no es sano, ni siquiera es lógico estar a disposición de los demás para que descarguen sus contrariedades y disfunciones vitales tomando tus errores y tapándote con ellos. Llega un punto en el que ciertas actitudes se transforman en un ciclo patético, que perjudica desde la base y que por estándares sociales no es modificado. Soy un a persona tan influenciada por factores casi doctrinales, de los que a todo ésto no me gustaría formar parte, que esta decisión me tomará tiempo. Yo quiero ser una mejor persona. Mais ici je ne peux pas. Ici, je ne suis pas capable. El punto es que estoy dispuesta a trabajar por ello. Pero las condiciones laborales aquí son extrañas. Si fuese una bacteria, tendría que ser una arquea. Pero soy un organismo extremadamente simple, egoísta y débil. Pero estoy dispuesta a cambiar. Y como cualquier ser más bien enclenque, a veces exánime, necesito ayuda. Estoy en un dilema ético y moral, como dirían mis amigas en su disertación de filosofía del viernes.
Creo que digo todo ésto porque tengo y poseo un amor propio que supera lo sano y recomendado.
domingo, 29 de agosto de 2010
Todo cambió; ahora sí se puede pasar de la cocina.
Mi hermana chica está viendo cosas rancias en cierto canal y tengo que hacer una presentación en pagüer point para el viernes, y NO PUEDO CONCENTRARME, porque el compiúter está en la misma pieza que la tele. Así que procedo a escribir, aunque ni siquiera estoy segura de si lo publicaré hoy o no.
Bueno.
Hoy es un día extraño, final de un fin de semana extraño, el cual es a su vez la culminación de una semana extraña. Pero esta vez sí que es en serio. Ah sido todo muy qué chiuchia.
Ojalá pudiera redactar así. Pero si ésto fuera posible, la música no tendría valor. La música es para decir lo que no queremos codificar en fonemas, o lo que simplemente no podemos codificar sin llegar a desvirtuar. Lo que es capaz de apretar la guata, parar los pelos (o vellos, bueno), de detener apelando a la relatividad del tiempo, de anular la sinapsis, de ramificarse desde el pecho hasta más allá de los dedos. Todo lo que se puede dar el lujo de no ser y de ser, o de hacer uso del verbo que denota existencia en absoluta libertad, pureza, perfección. Eso es lo que aún no logro con el violín. Hablar. Transmitir. Toco vacía. Aún no maduro lo suficiente como para lograr que mi violín sea parte de mí, independiente de que me falten siglos de práctica para mejorar la técnica, debería poder sacar ese lado innato de la interpretación. Pero me siento bloqueada, fría y torpe. La música es una de las cosas que me llevan a pensar en elALGO que ordena las cosas. No puede ser humana. Y me gustaría llegar a interpretarla algún día como lo merece.
Deja que comiencen las estaciones. ¡Aaaaah, ooooh!
Acabo de hablar con mi mamá y las reglas cambiaron. Ahora sí pueden pasar de la cocina. Hasta pueden ver películas en su pieza y meterse en el computador. ¡Terminé el pagüer poooooint! Éste es un día demasiado Keane.
Bueno.
Hoy es un día extraño, final de un fin de semana extraño, el cual es a su vez la culminación de una semana extraña. Pero esta vez sí que es en serio. Ah sido todo muy qué chiuchia.
Ojalá pudiera redactar así. Pero si ésto fuera posible, la música no tendría valor. La música es para decir lo que no queremos codificar en fonemas, o lo que simplemente no podemos codificar sin llegar a desvirtuar. Lo que es capaz de apretar la guata, parar los pelos (o vellos, bueno), de detener apelando a la relatividad del tiempo, de anular la sinapsis, de ramificarse desde el pecho hasta más allá de los dedos. Todo lo que se puede dar el lujo de no ser y de ser, o de hacer uso del verbo que denota existencia en absoluta libertad, pureza, perfección. Eso es lo que aún no logro con el violín. Hablar. Transmitir. Toco vacía. Aún no maduro lo suficiente como para lograr que mi violín sea parte de mí, independiente de que me falten siglos de práctica para mejorar la técnica, debería poder sacar ese lado innato de la interpretación. Pero me siento bloqueada, fría y torpe. La música es una de las cosas que me llevan a pensar en el
Deja que comiencen las estaciones. ¡Aaaaah, ooooh!
Acabo de hablar con mi mamá y las reglas cambiaron. Ahora sí pueden pasar de la cocina. Hasta pueden ver películas en su pieza y meterse en el computador. ¡Terminé el pagüer poooooint! Éste es un día demasiado Keane.
miércoles, 25 de agosto de 2010
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